domingo, 14 de julio de 2013

¿POR QUE LA TRAGEDIA?


Muchas veces me he preguntado cuál es la razón profunda por la cual en nuestro país no sólo no se montan los clásicos griegos, sino que se prefiere hacer versiones interpretativas y adaptadas de los mal entendidos mitos y conflictos que plantea la tragedia griega. Me parece que la distancia temporal, que se quiere ver insalvable –y que se aduce en última instancia como razón para preterir dichos montajes–  está teñida de una visión distorsionada a causa de una comprensión errónea de lo que se encuentra en juego en la trama de la tragedia.
La tradición quiere hacernos ver que en ella nos encontramos con la lucha del hombre con el destino, haciéndonos entender que de acuerdo a la tragedia el curso de la vida se desarrolla encadenado a un sino ineluctable; se nos presenta como marco para su comprensión un entramado de deidades y daimones que anulan de manera continua la voluntad y la libertad de los hombres. Sin embargo no parece repararse, por ejemplo, en el hecho de que una religión tan fatalista como el islam, sustento de la cultura árabe que nos trajo el conocimiento de la Grecia antigua, que debería haber podido entender una concepción tal del mundo, no logró nunca comprender de qué se trataba esta expresión llamada tragedia. Tampoco lo hacen los romanos, cuyo sustento cultural está profundamente enraizado en el fatalismo etrusco. Sus tragedias son escénicamente inviables y carecen de la profundidad que buscan imitar.  En cuanto al teatro, lo único que logran los romanos antes del imperio, fue acercarse a una expresión del teatro griego bastante deslavada como lo fue la nueva comedia ática, que ni siquiera conserva la estructura original.
La relación que se ha dado en occidente, entonces, con el fenómeno de la Tragedia Griega (en estricto rigor Tragedia Ática), adolece, pues, a nuestro juicio, de algunas imprecisiones que han terminado tergiversando el sentido primero y primigenio de ésta.
 Por de pronto me gustaría detenerme en la traducción que se hace del vocablo griego “Moira” dándole el valor de “Destino”, lo que durante años nos ha inducido a pensar que el suceso trágico que nos presentan las tragedias está inexorablemente regido por un hado que todo lo ha dispuesto desde los inicios. Tendemos a imaginar, entonces, desde esa perspectiva, que la tragedia de Edipo es inevitable, que inexorablemente, haga lo que haga nuestro personaje, los sucesos lo van a llevar a un fin que está escrito, predeterminado. Pero, ¿es así realmente? ¿Podemos sostener con certeza que los vocablos “Moira” y “Destino” son exactamente equivalentes?
Porque me parece que cuando hablamos de destino, necesariamente estamos haciendo referencia a una suerte de fuerza suprahumana que escapa a toda posibilidad de ser modificada por la voluntad del hombre. Es una fuerza que empuja el devenir de los hombres y las cosas por un camino trazado con anterioridad a la propia existencia cumpliendo hitos ineluctables que fatalmente conducen a la destinación prefijada. Hay, si se me permite el subjetivismo, la sensación de que la idea de destino implica una trayectoria lineal que no admite atajos ni caminos paralelos. Esta concepción del cosmos, sin embargo, libera al hombre de toda responsabilidad de sus actos, puesto que, conducido por una fuerza incontrolable, que escapa a toda posibilidad de enmienda, los crímenes, los triunfos, la vida en toda su extensión, no dependen del discernimiento del individuo, de su capacidad transformadora del entorno, de la elección acertada o equivocada, sino que de una entidad que todo lo gobierna desde un espacio inalcanzable e inescrutable. Dentro de este contexto, en este marco de pensamiento,  ¿habría sido posible la democracia como la entendieron Clístenes, Efialtes o Pericles? ¿Habría sido posible la enseñanza de Sócrates?
Quizás si antes de seguir fuera necesario definir qué es lo que los griegos de la época clásica entendían por “moira”. De acuerdo al diccionario Liddel y a otros (como el Sebastián) el término moira designa varias cosas: porción, ángulo, pedazo, lo que se ha repartido, etc., y es un sustantivo derivado del verbo moiroo (μοιρω) de la raíz indoeuropea smer-  que significa repartir, asignar, etc. Según Castoriadis, tiene relación directa con el límite, el fin, es decir: la muerte – “moros”. Es quizás en ese sentido que lo podamos entender como destino, es decir como final del camino.
Si la moira es porción, si es la parte de la vida que a cada uno toca y la imaginamos, como correspondería, no como una línea, sino como un plano, una superficie sobre la cual el hombre puede desplazarse en múltiples direcciones, entenderemos que la capacidad de elegir entre tomar una dirección u otra está dentro de las posibilidades que da la moira, malamente traducida como destino. Me parece que sólo desde esta perspectiva podríamos entender la afirmación de Aristóteles, en la Poética, de que el teatro se representa en acciones porque son nuestras acciones las que nos hacen felices o desdichados. El conocer cobra entonces una tremenda importancia dentro del universo conceptual griego, porque el conocer permite prever una consecuencia o la contraria u otra distinta dependiendo de la acción que el individuo emprenda.
Si tenemos la posibilidad de elegir una acción o la otra, necesariamente nos hacemos responsables de nuestros actos, nos transformamos en seres que pueden discernir y por tanto aprender a hacerlo, a cultivarse en la virtud, como quería Sócrates, a distinguir lo bueno de lo malo, lo provechoso de lo inútil, lo fasto de lo nefasto, el recto proceder dentro de la polis del incorrecto proceder, etc.
Mucho me temo que esta traducción que nos lleva por un derrotero sin solución, se haya instalado desde los primeros años de la anexión de la Magna Grecia al dominio latino. Porque un pueblo dominado por los arúspices y el color de las entrañas de las palomas es un pueblo que entiende el universo que lo rodea dominado por fuerzas inmanejables que se dignan sólo a dar ciertas señales para no naufragar en la aventura de vivir. Y es de todas maneras entendible si es que asumimos que el universo cultural latino está profundamente dominado por el fatalismo etrusco, que concibe el mundo como una cadena de sucesos inevitables.
La concepción griega, sin embargo, desde el advenimiento de los filósofos físicos o presocráticos, ha puesto en cuestión, en primer lugar, la teogonía hesiódica – la que a su vez ha puesto en duda la concepción de lo heroico  y de la virtud que encontramos en Homero – y ha comenzado a buscar las leyes que rigen el cosmos en las entrañas mismas de la naturaleza. Es decir desplaza la idea de fuerzas superiores inmanejables y caprichosas por la noción de leyes que rigen el comportamiento de lo existente; establece, consecuentemente, la idea de que el universo es susceptible de ser conocido y comprendido, por tanto no es ni arbitrario ni caprichoso. El conocimiento, de esta manera, permite que el hombre pueda optar por emprender una acción u otra, y la posibilidad de elegir establece al hombre como responsable de las consecuencias de sus actos;  entonces, el conocimiento hace al hombre libre, es decir abre el camino al libre albedrío y lo obliga a asumir las consecuencias de sus actos.
Si el cosmos no es ni arbitrario ni caprichoso, si está sujeto a leyes que lo rigen, ¿cómo podría haber una instancia o entidad ajena a estas leyes que caprichosamente dibuje los caminos ineludibles de cada ser humano? ¿Y si la tragedia ática conoce su esplendor precisamente luego de la reforma de Clístenes, estará hablando de concepciones religiosas o filosóficas tan extemporáneas a su época?
Estas interrogantes nos obligan a pensar que el fenómeno de la tragedia ática tiene un origen distinto al religioso, al que tanto se recurre para explicarlo. De la misma manera, nos obligan a preguntarnos ¿qué es lo que está en juego, entonces, en la tragedia? Esta es, a nuestro juicio, la base teórica (si es que podemos llamarla así) en la que se debiera sustentar toda aproximación profunda a la tragedia, a su nexo con la democracia ateniense y a tratar de develar si lo que verdaderamente está en juego en la tragedia ática son los caprichos de los dioses y sus venganzas o  las consecuencias sociales y políticas de los actos que cada individuo realiza.

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