Muchas veces me he
preguntado cuál es la razón profunda por la cual en nuestro país no sólo no se
montan los clásicos griegos, sino que se prefiere hacer versiones
interpretativas y adaptadas de los mal entendidos mitos y conflictos que
plantea la tragedia griega. Me parece que la distancia temporal, que se quiere
ver insalvable –y que se aduce en última instancia como razón para preterir
dichos montajes– está teñida de una
visión distorsionada a causa de una comprensión errónea de lo que se encuentra
en juego en la trama de la tragedia.
La tradición quiere
hacernos ver que en ella nos encontramos con la lucha del hombre con el
destino, haciéndonos entender que de acuerdo a la tragedia el curso de la vida se
desarrolla encadenado a un sino ineluctable; se nos presenta como marco para su
comprensión un entramado de deidades y daimones que anulan de manera continua
la voluntad y la libertad de los hombres. Sin embargo no parece repararse, por
ejemplo, en el hecho de que una religión tan fatalista como el islam, sustento
de la cultura árabe que nos trajo el conocimiento de la Grecia antigua, que
debería haber podido entender una concepción tal del mundo, no logró nunca comprender
de qué se trataba esta expresión llamada tragedia. Tampoco lo hacen los romanos,
cuyo sustento cultural está profundamente enraizado en el fatalismo etrusco.
Sus tragedias son escénicamente inviables y carecen de la profundidad que
buscan imitar. En cuanto al teatro, lo
único que logran los romanos antes del imperio, fue acercarse a una expresión
del teatro griego bastante deslavada como lo fue la nueva comedia ática, que ni
siquiera conserva la estructura original.
La relación que se ha
dado en occidente, entonces, con el fenómeno de la Tragedia Griega (en estricto
rigor Tragedia Ática), adolece, pues, a nuestro juicio, de algunas
imprecisiones que han terminado tergiversando el sentido primero y primigenio
de ésta.
Por de pronto me gustaría detenerme en la
traducción que se hace del vocablo griego “Moira” dándole el valor de “Destino”,
lo que durante años nos ha inducido a pensar que el suceso trágico que nos
presentan las tragedias está inexorablemente regido por un hado que todo lo ha
dispuesto desde los inicios. Tendemos a imaginar, entonces, desde esa
perspectiva, que la tragedia de Edipo es inevitable, que inexorablemente, haga
lo que haga nuestro personaje, los sucesos lo van a llevar a un fin que está
escrito, predeterminado. Pero, ¿es así realmente? ¿Podemos sostener con certeza
que los vocablos “Moira” y “Destino” son exactamente equivalentes?
Porque me parece que
cuando hablamos de destino, necesariamente estamos haciendo referencia a una
suerte de fuerza suprahumana que escapa a toda posibilidad de ser modificada
por la voluntad del hombre. Es una fuerza que empuja el devenir de los hombres
y las cosas por un camino trazado con anterioridad a la propia existencia
cumpliendo hitos ineluctables que fatalmente conducen a la destinación
prefijada. Hay, si se me permite el subjetivismo, la sensación de que la idea
de destino implica una trayectoria lineal que no admite atajos ni caminos
paralelos. Esta concepción del cosmos, sin embargo, libera al hombre de toda
responsabilidad de sus actos, puesto que, conducido por una fuerza
incontrolable, que escapa a toda posibilidad de enmienda, los crímenes, los
triunfos, la vida en toda su extensión, no dependen del discernimiento del
individuo, de su capacidad transformadora del entorno, de la elección acertada
o equivocada, sino que de una entidad que todo lo gobierna desde un espacio
inalcanzable e inescrutable. Dentro de este contexto, en este marco de
pensamiento, ¿habría sido posible la
democracia como la entendieron Clístenes, Efialtes o Pericles? ¿Habría sido
posible la enseñanza de Sócrates?
Quizás si antes de seguir fuera necesario definir qué es lo que los
griegos de la época clásica entendían por “moira”. De acuerdo al diccionario
Liddel y a otros (como el Sebastián) el término moira designa varias cosas:
porción, ángulo, pedazo, lo que se ha repartido, etc., y es un sustantivo
derivado del verbo moiroo (μοιρω) de la raíz indoeuropea smer- que significa repartir, asignar, etc. Según
Castoriadis, tiene relación directa con el límite, el fin, es decir: la muerte –
“moros”. Es quizás en ese sentido que lo podamos entender como destino, es
decir como final del camino.
Si la moira es
porción, si es la parte de la vida que a cada uno toca y la imaginamos, como
correspondería, no como una línea, sino como un plano, una superficie sobre la
cual el hombre puede desplazarse en múltiples direcciones, entenderemos que la
capacidad de elegir entre tomar una dirección u otra está dentro de las
posibilidades que da la moira, malamente traducida como destino. Me parece que
sólo desde esta perspectiva podríamos entender la afirmación de Aristóteles, en
la Poética, de que el teatro se representa en acciones porque son nuestras
acciones las que nos hacen felices o desdichados. El conocer cobra entonces una
tremenda importancia dentro del universo conceptual griego, porque el conocer
permite prever una consecuencia o la contraria u otra distinta dependiendo de
la acción que el individuo emprenda.
Si tenemos la
posibilidad de elegir una acción o la otra, necesariamente nos hacemos
responsables de nuestros actos, nos transformamos en seres que pueden discernir
y por tanto aprender a hacerlo, a cultivarse en la virtud, como quería
Sócrates, a distinguir lo bueno de lo malo, lo provechoso de lo inútil, lo
fasto de lo nefasto, el recto proceder dentro de la polis del incorrecto
proceder, etc.
Mucho me temo que esta
traducción que nos lleva por un derrotero sin solución, se haya instalado desde
los primeros años de la anexión de la Magna Grecia al dominio latino. Porque un
pueblo dominado por los arúspices y el color de las entrañas de las palomas es
un pueblo que entiende el universo que lo rodea dominado por fuerzas
inmanejables que se dignan sólo a dar ciertas señales para no naufragar en la
aventura de vivir. Y es de todas maneras entendible si es que asumimos que el
universo cultural latino está profundamente dominado por el fatalismo etrusco, que
concibe el mundo como una cadena de sucesos inevitables.
La concepción griega,
sin embargo, desde el advenimiento de los filósofos físicos o presocráticos, ha
puesto en cuestión, en primer lugar, la teogonía hesiódica – la que a su vez ha
puesto en duda la concepción de lo heroico
y de la virtud que encontramos en Homero – y ha comenzado a buscar las
leyes que rigen el cosmos en las entrañas mismas de la naturaleza. Es decir
desplaza la idea de fuerzas superiores inmanejables y caprichosas por la noción
de leyes que rigen el comportamiento de lo existente; establece,
consecuentemente, la idea de que el universo es susceptible de ser conocido y
comprendido, por tanto no es ni arbitrario ni caprichoso. El conocimiento, de
esta manera, permite que el hombre pueda optar por emprender una acción u otra,
y la posibilidad de elegir establece al hombre como responsable de las
consecuencias de sus actos; entonces, el
conocimiento hace al hombre libre, es decir abre el camino al libre albedrío y
lo obliga a asumir las consecuencias de sus actos.
Si el cosmos no es ni
arbitrario ni caprichoso, si está sujeto a leyes que lo rigen, ¿cómo podría
haber una instancia o entidad ajena a estas leyes que caprichosamente dibuje
los caminos ineludibles de cada ser humano? ¿Y si la tragedia ática conoce su
esplendor precisamente luego de la reforma de Clístenes, estará hablando de
concepciones religiosas o filosóficas tan extemporáneas a su época?
Estas interrogantes nos obligan a pensar que el fenómeno de la tragedia
ática tiene un origen distinto al religioso, al que tanto se recurre para
explicarlo. De la misma manera, nos obligan a preguntarnos ¿qué es lo que está
en juego, entonces, en la tragedia? Esta es, a nuestro juicio, la base teórica
(si es que podemos llamarla así) en la que se debiera sustentar toda
aproximación profunda a la tragedia, a su nexo con la democracia ateniense y a
tratar de develar si lo que verdaderamente está en juego en la tragedia ática
son los caprichos de los dioses y sus venganzas o las consecuencias sociales y políticas de los
actos que cada individuo realiza.